Gracias eternas, don Luis Morales

Cuando hace unos meses el consejero de Cultura del Cabildo de Lanzarote, Óscar Pérez, me trasladó que don Luis Morales se encontraba en delicado estado de salud y la corporación tenía una deuda pendiente con él al menos desde su jubilación, allá por 1997, no dudé un solo instante en decretar el inicio del expediente que me proponía el consejero, todo sea dicho, a instancia del portavoz de Podemos. Acto seguido le nombré instructor con el único y exclusivo propósito de hacer justicia y saldar cuanto antes dicha deuda.

El expediente concluyó con informe favorable a la propuesta del referido instructor, compartida tanto por la organización política que represento como por la mayoría de miembros del pleno de la corporación. Esto es, que quien fuera el jefe de obras del Cabildo, las manos de nuestro más insigne artista, y a quien César Manrique declarara como su discípulo –habida cuenta de que éste había recibido a título póstumo el máximo galardón contemplado en el Reglamento de Honores y Distinciones cual es el de Hijo Predilecto– era merecedor de la Medalla de Oro del Cabildo de Lanzarote, la segunda distinción en importancia de cuantas concede la institución.

Por mi parte, conocedor de la existencia de una minoría del pleno que entendía insuficiente ese galardón y ante la amenaza de bloqueo que podría hacer peligrar el otorgamiento en vida de este merecido reconocimiento, compartí la controversia con la familia.

Lo hice de frente, como siempre hago porque nunca me he escondido por complicadas que sean las circunstancias, exponiendo la situación, tal cual era. Del parecer familiar entonces, por respeto a ellos y al complicado momento emocional que vivían y sin duda viven, me van a permitir que me reserve los detalles, pero sí he de decir que mostraron en todo momento máxima cordialidad y gratitud a pesar de la dolorosa situación. Por eso, desde estas líneas, les reitero mi más sincero respeto, reconocimiento y deseos de fortaleza a todos.

A ellos sí pido disculpas por la aclaración pública que me abocan a hacer todos aquellos que en lugar de mostrar la satisfacción de que, por fin, se hiciera justicia a la labor de don Luis Morales con un reconocimiento oficial de la institución, han llegado a lanzar la acusación de que “se le ha negado un honor mayor por esta dirección política”.

Lo siento, pero no es así. Muy al contrario, es justamente ahora cuando se le otorga porque, anteriormente, esos mismos se lo negaron o al menos no le otorgaron ni promovieron ninguno durante los 20 años en que han tenido ocasión para hacerlo. Especialmente, cuando estando construidos ya la totalidad de los Centros Turísticos, en el año 1995 fueron otorgados los títulos de Hijo Predilecto a don César Manrique y don José Ramírez Cerdá, y a don Jesús Soto como Hijo Adoptivo de Lanzarote en 2002, estando ya jubilado don Luis Morales, perdiendo así la mejor ocasión para hacer extensivo ese u otro reconocimiento como el de ahora, a nuestra reciente Medalla de Oro si tanto lo consideraban.

Algunos estaban entonces al frente de la institución como organización política, otros que ahora se rasgan las vestiduras no sé dónde estaban entonces, aunque sí dónde no estuvieron, pero previsiblemente donde han estado siempre y donde lamentablemente presumo que seguirán estando: confabulando y conspirando desde su particular atalaya para hacer política desde fuera de ella, disfrazados de otra cosa. Porque nadie debe llevarse a engaño, lo que les ha movido siempre no es otra cosa que el poder y el control político sobre los legítimos representantes del pueblo que antaño tuvieron y no soportan haber perdido.

Nadie ha negado honores a don Luis Morales, es justo lo contrario. Reitero que es ahora, 20 años después de su jubilación, cuando por fin se le ha otorgado lo que entonces y durante todos estos años nadie hizo. Y estoy muy orgulloso de haberlo promovido, aunque fuera tarde. Me quedo con el consuelo de que, al menos, pudo conocer la noticia en vida, a través de sus hijos que, según me cuentan, la acogió con la gratitud, la humildad y el extraordinario sentido del humor que condujeron su vida.

Por una cuestión generacional, yo no tuve el honor ni la dicha de conocer personalmente bien a don Luis Morales y fue quizá en su lecho de muerte cuando más palabras intercambié con él. Apenas unas pocas, pero las suficientes para corroborar el profundo amor que sentía por Lanzarote y como entregó su vida hasta el día de su muerte, por mejorarla con sus propias manos. En sus últimas horas seguía pensando entusiastamente en cómo restaurar la “Casa del Cabrerón”, que leyó habíamos visitado, o el propio Hospital Insular, respetando su fachada, del que también tenía noticias de su futura remodelación, ofreciéndose y mostrando su deseo de colaborar y, como él mismo me dijo, “que contase con él en cuanto recobrase la salud”; por poner sólo algunos ejemplos de la grandeza de este hombre.

Gracias eternas, don Luis, por haber dado tanto a Lanzarote y perdónenos si no supimos reconocérselo antes o fue insuficiente. Prometo que muy pronto eso también lo enmendaremos. Descanse en paz, donde quiera que esté.

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